¿COMPRENDÉIS LO QUE HE HECHO CON VOSOTROS?

Nos acercamos al momento central de la vida de Jesús, que se convierte en el momento central de toda vida humana. Lo que vivimos el Jueves Santo es la revelación que ilumina el misterio de la humanidad. Nuestra vida es un conjunto de pasividades y de actividades. Tenemos que aprender tanto a acoger, a recibir, a esperar. Como a proponer, a actuar, a tener iniciativas y creatividad. Y la última cena es un ejemplo clarísimo de esa recepción de vida, y de esa participación y construcción activa de la realidad. Jesús sabe que su final se acerca. El orgullo y la soberbia de las autoridades religiosas se ha visto herido. Su protagonismo, su influencia, su relevancia social se ha visto amenazada. Y la decisión de acabar con el causante de esa revolución está decidida. Todo el mecanismo de la fuerza y del poder se pone en marcha. 

Esa tensión se nota en el ambiente de los apóstoles. Hay nervios, hay desconcierto. Y Jesús acoge de forma pasiva lo que es la tradición judía. Vamos a celebrar la cena de Pascua. Vamos a recordar todas las acciones salvadoras de Dios con nuestro pueblo. Vamos a rodearnos de un espíritu de gratitud, del que cantan los salmos. En ese ambiente de recepción acogedora de todo lo que Dios ha hecho en nuestro pasado. Pero Jesús nota que toda esa historia de grandes maravillas asociadas al pueblo de Israel, todavía quedan lejos del corazón de sus discípulos. Necesitan actualizar, hacer real, sentir hoy aquí, ahora, con estos. En eso nos podemos sentir identificados. Sabemos muchas cosas de Jesús, hemos vivido otras pascuas y hemos experimentado su amor. Pero es necesario volverlo a sentir, hoy, aquí, a la edad que yo tengo, en medio de las circunstancias que vivo. 

Eso es lo que le hace a Jesús pasar de la pasividad del que acoge, a la creatividad de quien expresa con gestos y con palabras. Eso nos falta muchísimo, poder vehicular, poder encontrar gestos que sorprendan, palabras que lleguen. Y Jesús se levanta, se ciñe una toalla, y se pone a lavar los pies. En ese gesto se esconde todo lo que ha dicho durante sus años de vida pública. Era una declaración de amor, de fe, de admiración, de cariño. Y eso mismo decidió el hacer con sus discípulos. Las dudas, los miedos, los cálculos, los riesgos, se diluyen frente a la cercanía de una vida que se compromete con la tuya. El amor del Dios invisible se vuelve cercanía a través de los gestos que nos acercan al otro. Por eso Jesús tiene una prioridad, hacer sentir que Dios ama mi realidad, su amor es real, perceptible, palpable. Por eso el lavatorio, por eso la eucaristía. Que esta celebración nos coja acogedores a un derroche de amor, y despierte la creatividad de nuestros gestos y de nuestras palabras para hacer sentir a los demás que tenemos a Dios muy cerca de nosotros.